Santiago y cierra España

Ramón Otí Gandarillas
| 17.08.2011

bandera_espanola_sananderDentro de la escala de problemas de los cántabros, es obvio que la adscripción identitaria no aparece entre los primeros puestos. Desempleo, vivienda, seguridad… deben ser las prioridades. Pero ello no evita que hablemos de otras cosas, unas veces intrascendentes y otras no tanto.

Viene esto a cuento de la petición que hicimos desde ADIC para colocar la bandera de Cantabria, por un día, en el mástil de Puertochico, con motivo de la celebración del Día de las Instituciones. No es una cuestión fundamental, cierto es. Sin embargo, vista la reacción dogmática de quienes imponen siempre una única simbología, no parece que el asunto sea menor.

Sin ir más lejos, la bandera española de Puertochico costó cerca de 40.000€,  se puso otra similar en Las Llamas y, desde el Ayuntamiento, se ordenan bandos para engalanar las calles de la ciudad exclusivamente con la enseña española. Si se toman tantas molestias y no se escatiman gastos ni órdenes, es que el asunto, cuando conviene, sí que debe ser importante.

El objetivo central de la iniciativa era que la capital de Cantabria mostrara su adhesión institucional al Autogobierno cántabro y dignificase una fiesta que simboliza la personalidad histórica de Cantabria: nada de extraordinario. Algo así como izar el ocho de mayo la bandera Europea o la santanderina por los Santos Mártires. Ni actos sibilinos, ni dobles lecturas; ni estamos en contra de la bandera de España, ni nos molesta. Sinceramente, no vemos qué problema hay en honrar a las otras banderas oficiales en Santander, y a lo que éstas representan.

Visto el rechazo a la petición, su justificación y la reacción de algunos, es evidente que un gesto tan obvio, sí parece extraordinario. En consecuencia, el hecho de izar la bandera autonómica, va más allá; se enmarca en la necesidad de mostrar normalidad constitucional en una ciudad caracterizada por su obsesión delirante a la hora de imponer la exclusividad de los iconos españoles, al mismo tiempo que desprecia los símbolos y referentes cántabros, santanderinos y europeos. Una anormalidad que va mucho más allá de lo simbólico y que es contraria a la realidad del Estado Autonómico en que vivimos.

Hablamos de un lugar en el que la bandera de Cantabria está arrinconada en las dependencias oficiales, contrariamente a lo que sostiene algún portavoz municipal; recordemos que ADIC tuvo que recurrir a instancias judiciales para hacer cumplir la Ley de Banderas. Hablamos de un lugar en el que se fomenta el exclusivismo simbólico, donde, a la vista de las justificaciones, se trata a la bandera cántabra como si fuera la de un colectivo particular o de una empresa, donde se impone una única estética, donde colectivos empresariales regalan  a sus asociados elementos decorativos que obvian lo cántabro para resaltar la simbología española. En definitiva, una urbe en la que –a modo de anécdota- su máximo regidor elude explícitamente el “viva Cantabria” en el pregón de sus fiestas.

En esa orgía monocolor, sin parangón en todo el Estado, también cabe el insulto a los que defienden el uso normalizado de otras enseñas, igualmente representativas y oficiales, sabedores que el caldo de cultivo sembrado durante décadas batasuniza cualquier opinión que apele a la normalidad/legalidad en la simbología.  Sin embargo, mientras desprecian y ridiculizan las denuncias sobre la omisión de simbología cántabra, santanderina o europea,  luego son  los primeros, ayer y mañana, que  se escandalizan y exigen cumplir la legalidad cuando la bandera española no ondea en cualquier pueblo de Euskadi o Cataluña. ¿Las banderas sólo son trascendentes cuándo ellos quieren?

En 1978 se aprobó una Constitución que ampara el Estado Autonómico, que reconoce y exige respeto a las identidades territoriales del Estado y sus símbolos. En Santander, el tema no va con ella, y eso que hace escasos días, el Presidente del Parlamento  afirmaba, respecto de la bandera de Cantabria, que la misma representa “el legado de nuestro pasado” histórico y que posee una serie de valores: “la integración y unidad de todos los cántabros, con independencia de ideologías, credos o adscripciones políticas; la expresión de la identidad de nuestra Comunidad, con su historia, cultura, tradiciones; así como la representación de nuestra Autonomía y capacidad de autogobierno que la Constitución ampara”. Suficientes motivos para que ondee, no sólo ya un día, sino todos, al igual que las banderas españolas de Puertochico y Las Llamas, y en lugar emblemático.

Es precisamente en esos detalles simbólicos, en la promoción de lo propio y lo universal, en la expansión de nuestra identidad, donde radica la verdadera esencia del cosmopolitismo, no en disfrazarse de flamenco durante las fiestas. Santander, desde su burbuja de aislamiento, sigue jugando a  crear, de facto, un área  preconstitucional -en lo simbólico y en lo autonómico-. Mirando al fiasco de Santander 2016, se puede ver dónde nos lleva esta locura de monocultivo simbólico e identitario.

Ramón Oti Gandarillas, miembro de ADIC.

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