La sandalia, el miedo y la democracia

Marcos Martínez Romano (militante de Regüelta)
| 22.11.2013

La semana pasada una sandalia llenó numerosas páginas de los principales periódicos y protagonizó una importante cantidad de minutos de los informativos de las grandes cadenas en el Estado español. Me refiero a la sandalia que, simbólicamente, el diputado de la CUP-AE, David Fernández, mostró a Rodrigo Rato en la comparecencia del expresidente de la rescatada con fondos públicos Bankia en el Parlament de Catalunya.

Multitud de críticas desde el establishment mediático fueron vertidas hacia el parlamentario catalán. David Fernández es uno de los 3 diputados de la CUP-AE. Esta formación dejó claro desde que obtuvo la representación en el Parlament que iban a actuar como “el caballo de Troya de las clases populares” en el mismo. Y, ni más ni menos, es lo que llevan haciendo todos estos meses, y lo que quedó plasmado en la actitud de David Fernández con Rodrigo Rato, como ya había hecho en otras comparecencias de personas importantes del sector financiero.

En la actualidad, los diferentes parlamentos en el Estado español, son considerados por los representantes del poder económico como un lugar acogedor. Un sitio en donde los partidos de Régimen a su servicio legislan en contra de las mayorías sociales y a favor de una minoritaria, pero poderosa, élite enriquecida. Riqueza obtenida, en gran parte, gracias a las instituciones públicas que después de saquear, pretenden liquidar en nombre de la eficiencia y la buena gestión.

La praxis política de la CUP-AE tiene como objetivo revertir esta situación. Después de años trabajando desde la base junto a muy diversos movimientos sociales, y entrando en el juego político institucional solo en la esfera más cercana a la gente como es la municipal, consideraron que el Parlament es el principal espacio donde puede desarrollarse la actividad política, y decidieron entrar a terreno enemigo.

Desde entonces buscan recobrar la capacidad de decisión de los parlamentos frente a los poderes económicos supraestatales que jamás se someten a elecciones, pero que tienen el poder de decisión sobre nuestras vidas. Lo que denominaron como "radicalidad democrática" consiste en repolitizar democráticamente a la gente común, hacerla partícipe de las decisiones que atañen a sus vidas cotidianas y que hoy en día se encargan de vendernos como neutrales, y exclusivamente tomadas por criterios “técnicos”; supeditar la economía a la política y hacer partícipes de esta al conjunto de las clases subalternas de las que ellos son solo meros trasmisores de sentires e intereses. En torno a esa idea llevada a la práctica, están consiguiendo aglutinar el descontento de una creciente segmento de las clases populares catalanas, incluso el de aquellos sectores no tradicionalmente independentistas.

La actitud de David Fernández durante la primera parte de su intervención en comparecencia del que fuera ministro español de economía, director gerente del FMI, presidente de Bankia, y actual consejero asesor de Telefónica –privatizada por él mismo- para Europa y Latinoamérica, es una clara muestra de la praxis política de la CUP en defensa de la recuperación y democratización de la política. Fue una perfecta prueba de la radicalidad democrática que defienden y aplican los militantes de la CUP en el día a día, tanto en la calle como en el Parlament. El haber tomado la decisión de entrar al Parlament permite tener la oportunidad de estar en frente y poder dirigirse a personajes como Rato, uno de los hombres responsables de decenas miles de desahucios y de la situación de pobreza en la que cada vez viven más personas. Y David Fernández lo hizo como hubiéramos hecho muchas de nosotras, trasladándole directamente las preguntas de varios movimientos sociales como 15M para rato, Madrilonia o la PAH, mostrando que siguen trabajando a su lado, y que actúan en el Parlament como meros portavoces de “los de abajo”.

Para que eso suceda, uno de los objetivos fundamentales de cualquiera que pretenda hacer política en favor de las mayorías sociales es conseguir que el miedo cambie de bando.

El miedo es un operador político fundamental. Gracias en gran parte a favor y en contra de quien operó en cada época, la balanza se ha inclinado a lo largo de la historia hacia uno u otro lado en diversas disputas de poder. Los avances conseguidos por las clases populares durante el siglo XX en Europa Occidental en buena parte fueron logrados por el miedo infligido por los pueblos a sus élites, en parte causado gracias al contrapeso que suponía la existencia del campo socialista en donde los trabajadores disponían de amplios derechos sociales y laborales. Por ello, estas élites se vieron forzadas a ceder cachos de ese poder en forma de derechos sociales que actualmente están siendo recuperados por los ricos en base a que el miedo juega en su favor, ya que somos los de abajo quienes vivimos atemorizados. Con miedo a perder el trabajo, con miedo a ser desahuciados, con miedo a no tener pensión, con miedo a no poder estudiar, incluso con miedo a la marginación social que puede producir significarse políticamente como contrario a un Régimen edificado para que las estructuras fundamentales de poder siguieran igual que durante el franquismo. Régimen el del 78, precisamente construido en base al miedo de las clases populares después de una guerra civil organizada por la oligarquía que hoy nos despoja de lo que les logramos arrebatar y de una dictadura militar de 40 años.

El final de su intervención, lo que ha dado la vuelta en los medios de masas en el Estado español durante varios días, se centró en este aspecto. La muestra de la tan manida sandalia, “como símbolo de humillación de desprecio al poder del poder” a la manera del mundo árabe en palabras del propio Fernández, como símbolo del odio de “los de abajo” hacia uno de los que nos llevan años haciendo la guerra sin haberla declarado, acompañada de una pregunta directa a Rato por el miedo a que un posible hartazgo de la gente pudiera derivar en que perdiera todo, indica el camino a seguir en el sentido señalado en el anterior párrafo.

Conseguir acabar con la sensación de impunidad de los representantes del poder económico y de la élite política a su servicio; los que han conseguido que un cuarto de la población en el Estado español viva en la pobreza (según la poco sospechosa de izquierdismo radical Cáritas); los que legislan y aplican recortes que a ellos no les afectan nunca en sus vidas diarias; los que arruinan lo público en beneficio de empresas privadas dirigidas por sus amigos para tener una excusa con la que privatizarlo y después garantizarse un futuro en el consejo de administración de alguna multinacional favorecida por dichas decisiones. Este tiene que ser el objetivo principal. Devolver a la política, entendida como disputa de poder, la importancia que tiene en nuestras vidas haciéndonos a todos partícipes de las decisiones que marcan nuestro presente y futuro. Hacer ver que las condiciones de vida de la gente común dependen de decisiones no realizadas de forma neutral o en base a criterios técnicos de eficiencia, sino tomadas en favor del grupo social minoritario pero poderoso del que hablaba al principio, de una oligarquía enriquecida en base a las instituciones públicas, pese a su retórica liberal casi antiestatal.

Las últimas palabras del diputado de la CUP, que en ese momento actuó como el representante de todos los oprimidos, dirigidas a Rato, “gangster” y “fuera la mafia”, marcan el camino. Los parlamentos tienen que convertirse en un lugar incómodo para los poderosos, un lugar donde el sentir y los intereses de las clases populares arrebaten a estos la sensación de impunidad en la que viven. Tienen que ser un mero apéndice de la calle, de los movimientos sociales y la gente común organizada por la defensa de los intereses de los que de verdad creamos la riqueza y hacemos avanzar al mundo.

Recuperemos la política, organicemos el descontento generalizado e introduzcámoslo desde las calles en las instituciones en las que tan cómodos se sienten para que el miedo cambie de bando. Solo así empezaremos a ganar.

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