Reincidentes

Laro García González
| 10.06.2012

bucleCantabria vive en un bucle infinito. Es una experiencia muy interesante pasar la tarde en una biblioteca pública repasando ejemplares atrasados de cualquiera de los periódicos que se editan en la Comunidad Autónoma. Cualquiera, da igual. Ni siquiera hace falta buscar una fecha concreta o profundizar en un tema específico. El experimento va a funcionar.

Nos podemos remontar cinco, diez, quince o veinte años en la hemeroteca. Es indiferente. Con un vistazo rápido a la portada, a los titulares principales, a las fotografías que ilustran las noticias podremos comprobar lo poco que hemos cambiado. La actualidad es nuestra tierra es reciclable.

Hay proyectos ‘estrella’ de los que todo el mundo habla un tiempo, hasta que pierden el interés de la opinión pública. Iniciativas que pasan a mejor vida, hasta que alguien las rescata de un cajón. Propuestas grandilocuentes, con las que prometen dar un nuevo aire a Cantabria, y de las que nadie se acuerda a estas alturas.

Se suele decir que el papel lo aguanta todo. El paseo por la hemeroteca es positivo para comprobar cuantas barbaridades tenemos que escuchar, ver y leer al cabo del día, con una paciencia eterna, haciéndonos los despistados y disimulando. Tenemos que fingir que nos dejamos engañar para que la cosa funcione. Para que siga su curso.

O no. También podemos revisar lo que dijeron unos y otros y dar a cada cual la credibilidad que merece. Y es que esa es otra de las características de la actualidad de Cantabria: las caras se repiten. El entramado político, empresarial, judicial, social, cultural o deportivo es el mismo. Por eso es aún más difícil creernos según qué cosas.

Los medios de comunicación ocupan su tiempo y su espacio con ejes estratégicos, planes especiales o proyectos singulares que solo existen en la imaginación de unos pocos y que solo tendrán su espacio en la memoria de un puñado de ciudadanos. Nos han perdido el respeto. La crisis sirve ahora de excusa, pero los cántabros somos reincidentes. Nos hemos acostumbrado a las promesas incumplidas.

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