Podemos, en la encrucijada

Javier Lezaola
| 10.06.2014

Cada día resulta más evidente que el movimiento 15-M marcó un antes y un después en el Estado español; en la política en general y en la izquierda en particular. También resulta evidente que Podemos ha sabido leer y rentabilizar, como ninguna otra organización, aquel malestar sin banderas y aquella denuncia de una supuesta casta política, al servicio de oscuros poderes económicos, que no representa a la gente que la eligió en las urnas. Un malestar y una denuncia que, como consecuencia de la crisis, sobrevuelan el panorama social desde hace dos años y que parecen haber encontrado ya su cauce político-institucional.

Como hizo el propio 15-M, Podemos enarbola algunas de las viejas denuncias y aspiraciones de la izquierda en general y de la izquierda anticapitalista en particular, pero, también como el 15-M, lo hace de forma radicalmente distinta a la izquierda tradicional; tanto que ni siquiera se identifica como de izquierdas, o lo hace muy tímidamente. Todo ello ha venido provocando tensiones a derecha y a izquierda, tensiones que se han multiplicado tras los resultados de las pasadas elecciones europeas.

Con casi un 8% de los votos, Podemos se convirtió en la cuarta lista más votada en el Estado el pasado 25 de mayo, cuando logró cinco europarlamentarios, igualando prácticamente el resultado de IU (la lista de La Izquierda Plural consiguió seis escaños, pero uno de ellos corresponde a ICV), con el mayor descalabro histórico del PSOE como telón de fondo. Otro dato: el PCPE no fue capaz de llegar al 0,2% de los votos. Por diferentes razones, PSOE, IU y PCPE vieron defraudados sus cálculos, mientras que Podemos, que ha demostrado saber llegar adonde otros no llegan, obtuvo un éxito electoral sin precedentes.

¿Podría decirse que Podemos es la criatura política de Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, gestada con la inestimable colaboración de los troskos de Izquierda Anticapitalista y promocionada insistentemente por algún que otro emporio mediático? Podría decirse, pero quizás no convenga despachar la cuestión con tanta ligereza, después de conocer sus resultados en las europeas (más de 1,2 millones de votos –repartidos con cierta proporcionalidad por todas las comunidades autónomas-, con apenas cuatro meses de vida como partido) y su incidencia en el ámbito de la izquierda. Su discurso, su forma de organizarse y su forma de comunicar deberían ser objeto de una reflexión profunda. Tanto el 15-M como Podemos son el síntoma de que algo ha cambiado en la política y en la izquierda, y una cosa es que esto pueda no gustar y otra cosa es no reconocerlo, y más teniendo en cuenta que el fenómeno parece no haber hecho más que empezar.

Evitando –de forma absolutamente deliberada- la simbología propia de la izquierda tradicional y la utilización de términos no ya como burguesía y proletariado sino como empresarios y trabajadores, Podemos pretende –y consigue- llegar a personas con escasa o nula formación política a las que nunca podría ilusionar a través de la simbología y la terminología propias de la izquierda tradicional. Y ello sin renunciar, ni mucho menos, a seducir a antiguos votantes de formaciones de izquierdas o sedicentes de izquierdas (desde el PSOE hasta el PCPE, pasando por IU), descontentos, por unas u otras razones, con éstas.

El nuevo partido ha desechado unas etiquetas que considera viejas, pasadas de moda y prácticamente inservibles para el combate ideológico del siglo XXI. Obstáculos para llegar a la gente, ese conglomerado del que también forman parte jóvenes que no vivieron la Transición ni la Guerra Fría y crecieron al calor de las nuevas tecnologías y las redes sociales, adultos desencantados con el estancamiento o la deriva de ciertas organizaciones de izquierdas, y una gran masa de apolíticos sacudidos por la crisis. La formación considera que la mejor –si no la única- forma de convencer a tan amplias capas y conformar una mayoría capaz de asestar cierto golpe al consenso político vigente, pasa por una ruptura con las formas tradicionales de organización, expresión y comunicación de la política en general y de la izquierda en particular.

Lo calculado del discurso de Podemos hace que sea capaz de pescar a la izquierda del PSOE y tanto a la derecha como a la izquierda de IU, formación con la que ya no tiene ninguna prisa por confluir y con la que, llegado el caso, sólo confluirá imponiendo sin ambages sus condiciones.

El propio nombre del partido remite al posibilismo, al “yes we can” con el que Barack Obama llegó a la Casa Blanca, al “sí, se puede” con el que la PAH paraliza desahucios e incluso al lema con el que una cadena privada de televisión promocionó la emisión de los partidos de la selección española de fútbol en la Eurocopa de 2008. Para qué limitarse, si se puede abarcar casi todo.

Pero Podemos tendrá que acabar definiéndose. Deberá decidir si fía su línea política a ese asamblearismo ciudadano estructurado en círculos locales y abierto a toda la gente –incluida la que milita en otras formaciones- del que hace gala, o si la fía a una hoja de ruta muy estudiada y diseñada con precisión milimétrica por Monedero, Errejón e Iglesias, quien se ha convertido ya en el líder mediático de la organización. Lo primero será prácticamente imposible, sobre todo a medida que vaya acumulando poder. La pregunta es qué pasará con unas bases que ahora quieren decidirlo todo, cuando el partido se decante por lo segundo.

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