La lucha negra

Jesús A. Soto
| 14.07.2012

voladorEn general, apoyo cualquier desafío a la autoridad y toda muestra de descontento frente a las injusticias. En el caso de los mineros del carbón, que reclaman el cumplimiento de lo ya acordado y firmado con el gobierno de turno, su lucha merece el máximo respeto y reconocimiento. Y para presionar y llamar la atención (también de unos medios que, de un modo vergonzante y escandaloso, de nuevo ignoran o falsean la situación) se encierran bajo tierra, hacen huelgas, marchas, montan barricadas y cortan infraestructuras; todas ellas actuaciones lógicas y comprensibles dada la situación de hartazgo y desesperanza imperante. Así, los enfrentamientos con los cuerpos de seguridad del estado están alcanzando niveles de violencia inimaginables si de otros colectivos se tratara. Por ejemplo, en una foto del conflicto vi a un encapuchado lanzando un volador a un helicóptero de la Guardia Civil en pleno vuelo. Esta persona, que hizo realidad uno de mis sueños, de mis anhelos más profundos, se encuentra en libertad con cargos. Si, en otro contexto, cualquiera intentara hacer lo mismo le caerían por lo menos tres años de cárcel. Por cierto que, pese a lo que veamos, pretender que la lucha contra el poder es una guerra nos condena a perderla, pues los de arriba no dudarán en hacer valer toda su suciedad, crueldad y vileza.

 

Los mineros esgrimen el orgullo de la dureza de su dedicación. Pero ese orgullo es también predisposición para ser explotados y para mantener un empleo insalubre y embrutecedor, un mero poder adquisitivo. Efectivamente, invocar el derecho al trabajo es aceptar la explotación que conlleva. Y la vida en las comarcas mineras viene fundamentándose en el trabajo esclavo (introducido en un primer momento por capitales extranjeros y verdugo de la vida rural tradicional), el bar y el consumo de drogas, en las ayudas públicas, las prejubilaciones y la territorialmente lesiva extracción de una fuente de energía cuyo empleo acarrea problemas ambientales. Por supuesto que es necesario plantear soluciones para las comarcas mineras, no para la minería del carbón. Estas pasan, a mi entender, por el sector primario, la recuperación y uso del patrimonio rural y natural y la puesta en valor del patrimonio histórico e industrial. La superación social de la dependencia del carbón y del petróleo es una condición clave.

En todo caso, esta conflictividad y este estado de las cosas evidencian la sinrazón, la perfidia y la deriva gubernamental y la necesidad de nuevos planteamientos y salidas, más allá de aquellos del gusto de progresía y sindicalismo. Los trabajadores merecen un futuro digno, que redunde en beneficio de todos, pero no a cualquier precio.