El españolismo: enfermedad infantil de la izquierda

Marcos Martínez Romano (Politólogo y miembro de Regüelta)
| 13.09.2013

La Diada celebrada ayer por las calles de Catalunya, en la que más de un millón y medio de personas participaron llevando a cabo la cadena humana que unió de norte a sur todo el territorio, nos ha dejado muchos hechos para el análisis. El creciente sentimiento independentista, la voluntad popular de que la consulta por la independencia no se dilate más allá del 2014, la reacción de la derecha española y de sus mamporreros de diversos grupos ultraderechistas en Madrid, etc. Todos estos sucesos han sido, son y serán objetos de numerosos análisis en multitud de medios de información.

Sin embargo, me gustaría centrarme en un hecho que no es tan considerado, pero no por ello deja de ser relevante, sobre todo para los que aspiramos a construir una sociedad nueva basada en valores socialistas y en la autodeterminación de los pueblos. Me refiero a la reacción de parte de gente que se supone de izquierda radical, con respecto a los movimientos de liberación nacional en el Estado español, y a la actual coyuntura socio-política que se vive en Catalunya.

Durante los días previos a la Diada y en los días posteriores a la misma, uno tiene la oportunidad de comprobar como el mensaje contrario a la independencia proveniente de militantes de parte de la izquierda transformadora inunda las redes sociales y los debates en diferentes medios.

Los argumentos sobre los que basan su discurso suelen repetirse, y no solo en esta ocasión. La "solidaridad entre los trabajadores de distintos lugares" –curiosamente siempre dentro del marco fronterizo del Estado español-, la presumida mayor conveniencia para el triunfo de un proceso destituyente de que la gente común de los diferentes pueblos del Estado caminen juntos en un proceso constituyente que cambie el sistema político español y la constitución actuales, o a la supuesta hegemonía que la burguesía catalana representada por Artur Mas ostenta en el proceso rupturista catalán, son algunas de las razones más leídas y escuchadas para situarse en frente de la voluntad de cada vez una mayor parte del pueblo catalán.

Esta izquierda, pese a reconocer teóricamente el derecho a la autodeterminación de los pueblos, demuestra constantemente no asumirlo como parte de su praxis política. Suelen defender este derecho en tierras lejanas como pueden ser Palestina, el Sahara, o Kurdistán, pero se lo niegan a los pueblos del Estado español, acusando a los movimientos que luchan por ejercerlo de dejar a un lado la lucha de clases y de hacerle el juego a la burguesía. Al igual que aplauden procesos políticos en los que la identidad nacional como rechazo a las injerencias imperiales y elemento de cohesión popular juega un papel fundamental como está sucediendo en Sudamérica, mientras que les produce urticaria las palabras patria o nación referidas a los pueblos del Estado.

Parecen compartir la teoría conocida como “del agua salada” dominante en las Naciones Unidas en el periodo posterior al fin de la II Guerra Mundial y duradera hasta los años 70,  que sostiene que el derecho de autodeterminación solo es aplicable a los pueblos colonizados u ocupados militarmente por una potencia extranjera, pero no a los pueblos que se hallen en el interior de Estados nacionales ya conformados. Proponen una alternativa federal diseñada de antemano en la que las naciones del Estado tengan que seguir juntos sin haberlo decidido. No entienden que los diferentes pueblos constituidos en sujetos políticos soberanos quieran decidir por ellos mismos sus formas de organización política, que pueden incluir la formación de un nuevo estado independiente, legitimando de esta manera al Estado español como único marco de lucha revolucionaria. Estado éste, que en su génesis nunca pasó por un proceso constituyente con una participación popular protagónica.

Al tiempo deslegitiman el posible proceso constituyente de un nuevo Estado catalán por una supuesta hegemonía de CIU en el mismo, que no es más que un intento de cabalgar encima del caballo que representa la voluntad popular rupturista, sin analizar la composición social de la Asamblea Nacional Catalana ni el cambio que se produjo en la composición de las fuerzas independentistas tras las últimas elecciones, donde  desapareció una opción nacionalista sin ningún tipo de programa avanzado en lo social como Solidaritat y entró con fuerza una formación política como la CUP-AE, con la radicalidad democrática por bandera. Además del ascenso de ERC.

Defienden un pretendido internacionalismo homogeneizador, que niega las peculiaridades sociales, culturales, económicas y políticas de los diferentes pueblos y la posibilidad de desarrollar la lucha anticapitalista atendiendo a las especificidades de cada nación, tenga ésta o no tenga un estado propio. Demuestran de este modo la incapacidad de comprender la necesidad del capitalismo internacional de borrar las formas de vida y la idiosincrasia de los pueblos –muchas veces compuestas de elementos organizativos profundamente democráticos-, y de cómo, concretando y siguiendo esta lógica, el Estado español es el instrumento de dominación capitalista e imperialista sobre las diferentes naciones encerradas en él.

Asocian ineludiblemente el sentimiento nacional de las clases populares (ya definido por Bakunin como un hecho natural) con la colaboración interclasista, sin atender en ningún momento a la voluntad de una comunidad humana -mayoritariamente formada por la gente común- con un pasado, una cultura y un sistema de valores comunes, de construir juntos y libremente su futuro. Organizándose políticamente de la manera que sólo ellos decidan. Constituyéndose en sujeto político soberano si esa fuera su decisión colectiva.

Apelan a la igualdad de los trabajadores de cualquier lugar del Estado español, sin pensar ni un minuto en los diferentes ritmos que llevan los procesos políticos rupturistas en las distintas naciones del Estado, en algunas de las cuales la correlación de fuerzas sería favorable para los trabajadores en comparación con la actual correlación en el Reino de España.

Dijo el diputado Alcalá Galiano en 1835 en las Cortes del Estatuto Real, en pleno proceso centralizador del Estado español, que “uno de los objetivos principales que nos debemos proponer nosotros es hacer a la nación española una nación, que no lo es ni lo ha sido hasta ahora”. Pues su tarea continuó durante cientos de años, conformando la identidad nacional española en base al nacionalcatolicismo, al pasado glorioso del Imperio Español y al exterminio de las culturas propias de los pueblos sometidos. En la actualidad, y desde hace años, una parte importante de la izquierda parece que quiere contribuir destacadamente en continuar la labor citada por Alcalá Galiano hace cerca de 200 años.

Por suerte, y parafraseando a Hugo Chávez, en Catalunya cada vez hay un porcentaje mayor del pueblo que está “resuelto a ser libre”. Y este tipo de fenómenos suelen ser contagiosos.

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