La edad del voto

Fernando Llorente
| 15.05.2011

seguridadprivadaA la entrada del Palacio de Exposiciones de Santander, en el que el presidente del Gobierno de España era esperado para que teatralizara su mitin de campaña electoral, un representante del servicio de seguridad impidió el paso a unos jóvenes. El bovino guardián les requirió mostrar el carné de militancia en el Partido pseudoSocialista antiObrero previsiblementeEspañol, si aspiraban a asistir, puesto que se trataba de un acto interno del partido, y sin que se le atragantara el balido.

 

La edad media de los asistentes, a los que el portero con galones en las criadillas franqueó la entrada, superaba los 50 con mucho, pues apenas acudió alguno con menos edad (observen en TV la “madurez” de los entusiastas tragadores de patrañas). Una buena parte de ellos llegaban de cortas y medias distancias en autobuses, que aparcaban y abrían sus puertas como vomitorios, que trasvasaban la carga al recinto de la farsa. Se me antoja que esa debe de ser la edad del voto. No importa en qué sentido. Sea cual sea el voto de quienes escuchan fervorosos y aplauden complacidos los burdos engaños del líder, sea quien sea el líder, es voto cómplice, en el que se avienen dosis de masoquismo, por cuanto se otorga la venia para que se gobierne contra él, y de sadismo, por cuanto se contribuye a que se gobierne contra los votos de sus pares en el depauperado entramado socioeconómico, y lo que es peor contra el futuro inmediato de sus hijos y nietos, que no votan. Sadomasoquismo democrático, cuando la democracia ya hace tiempo devino en dictadura del capitalismo, orquestado por batutas abstractas –los mercados, o sea los especuladores-, cuyos directores mantienen sus nombres y apellidos ocultos. En los organigramas del lío, son los gobiernos los que ponen la cara para que se la partan en las de los ciudadanos. Los gobiernos nacionales no son sino meros administradores de sus magníficos chanchullos. El presidente de un gobierno nacional es el jefe de negociado de una empresa, que no sólo es fantasma que mete miedo, sino también vampiro que chupa la sangre. Un presidente de comunidad autónoma no pasa de ser un paniaguado jefe de sección de la misma empresa. Dicho en corto, unos mamporreros (consulten el diccionario y comprobarán que no son los que reparten mamporros).

 

Tengo para mí que el motor que activó el sutil instinto del cancerbero del Palacio de Exposiciones fue precisamente la juventud de quienes, contra toda previsión, acudían vaya usted a saber por qué y para qué, a no ser que adolecieran de un precoz mal del sadomasoquismo. ¿Por qué y para qué viene aquí un puñado de jóvenes?, por nada y para nada bueno…para el jefe, debió de maliciarse el mandado, seguramente comprendiéndoles y lamentando no estar en su lugar, por si en realidad iban por y para “algo”, de lo que participaría gustoso. Pero los tiempos no están para poner en peligro un sueldo. Aunque sea de ayudante de los mamporreros.