Donostia y Santander agua y aceite

Ramón Otí Gandarillas (Miembro de ADIC)
| 01.07.2011

Cartel_Sanander_2016Donostia será la Capital Europea de la Cultura en 2016, y sería deseable analizar el porqué del éxito donostiarrra y el del estrepitoso fracaso santanderino para sacar conclusiones en positivo.

No es cuestión de recurrir al “ya lo decía yo”, pero la tozuda realidad no entiende de los discursos aldeanos en los siempre nos escondemos. Ha ganado quien ha cumplido con lo que algunos exigimos en su día al Ayuntamiento santanderino; o sea, quien cumplió con las bases que recomendaba la Unión Europea para este tipo de manifestaciones: apelar a la cultura local para extenderse a las demás,  afirmar la  implicación del entorno cultural y geográfico, desarrollar una programación coherente con la política cultural de la comunidad,  buscar la participación del entorno próximo, atender a las especificidades y observar la historia propia como elementos de diversidad. Vamos, exactamente lo contrario que el proyecto santanderino…. Aquellos que se empeñaron en conducir en sentido contrario, como Santander, fueron eliminados en el primer filtro. Los que siguieron el argumentario recomendado llegaron a la final y, en ella, Donostia puso sobre el tapete su dimensión cultural internacional, más que reconocida, algo que Santander ni puede ni quiere hacer desde hace 70 años. Además, conjugó su situación geográfica, su identidad vasco-donostiarra y sus propios estrangulamientos y debilidades para actuar en positivo. Los donostiarras, lejos de esconder sus miserias, las enseñaron, y afirmaron abiertamente que pretendían ser la capital europea para poner la cultura al servicio de la paz y del encuentro. Exactamente lo contrario que Santander, que incluso desde lo más hondo de su derrota, sólo supo acudir al victimismo provinciano para justificarse, incapaz de asumir ni una sola de sus infinitas disfunciones.

 

Pero es que Santander presentó un proyecto deliberadamente perdedor. Desde el principio, rechazó utilizar su historia, cultura e identidad, eliminó su integración cántabra, cantábrica y atlántica, y se sumergió en un improvisado y falso cosmopolitismo. En otras palabras, un corta-pega de eventos inconexos que no profundizaba en ningún modelo cultural. Sin tapujos, estimo que todo esto se hizo adrede. En primer lugar, porque el interés que han demostrado los regidores de esta ciudad por la vida cultural  santanderina ha sido siempre nulo, y en segundo término, porque este Santander abúlico no quiere que cambie nada, ni política ni socialmente, y en un Santander mínimamente intelectual, culto, dinámico o cohesionado, habría que trabajarse el terreno para ganar unas elecciones. Aquí no hace falta; nadie se arriesga a cambiar nada cuando las cosas le funcionan.

Para mayor mofa del patrioterismo santanderino, Donostia presentó su proyecto, lógicamente, en euskara, lengua minoritaria, hablada en un pequeño rincón de Europa.  Y lo hicieron toda la clase política junta, apelando a su identidad. Sin ir más lejos, la corporación donostiarra, sin excepción, escenificó su vinculación al proyecto vistiéndose de forma tradicional para bailar un aurresku. Mostraron su carácter y su identidad, justo lo que aquí nos empeñamos en travestir o aniquilar. Para que luego haya que escuchar a los “santanderinos de toda la vida” sentenciando que el valor de lo propio es nulo en plena era de la globalización. El mismo Santander que ahora se revuelve ante la victoria donostiarra, sigue siendo incapaz de asumir y reconocer su grotesca carencia: su habitual incompetencia para estar a la altura de los tiempos y las sociedades que nos rodean.

Con la parodia electoralista de Santander 2016, triunfó de nuevo el servilismo de una parte de Santander, la que disfruta de su condición de ciudad-dormitorio, de un espacio descohesionado, individualista, desarraigado, apático, indolente, carente de referentes propios, acomplejado, ignorante de su propia realidad, cultura e historia, rediseñada a sí misma desde los tópicos cañís como únicos referentes colectivos. Y claro, una ciudad alienada no es cosmopolita, sino holgazana, y nunca podría ser premiada, sino penalizada.

La “culturalidad” es la cultura que aporta, genera y define a una población como espacio de creación, no como un puntual escenario de actividades. Santander jamás podría haber ganado la capitalidad europea, pero su candidatura podría haber servido como  punto de inflexión para, desde la nada, afrontar un renacer social hacia cotas mínimamente presentables. No afrontar el fracaso es, al fin y al cabo, reafirmarse en lo hecho, o sea, seguir siendo una ciudad estancada pero orgullosa. El Ayuntamiento no quiere cambios, sino ganar elecciones, y para eso, nada se debe mover.

San Sebastián, con todos sus problemas, es Donostia, es decir, pintxos, festival de cine, jazz, urbanismo, euskara, integración, tradición, tamborrada, teatro Victoria Eugenia, Orfeón, Arzak, Subijana, Berasategi, la Real, calle, fiesta, arte, dinamismo, creatividad, internacionalismo, vida… Y frente a ese modelo, Santander “se disfraza” de feria taurina, sevillanas y días de las Fuerzas Armadas.

Al final cualquiera que conozca San Sebastián y la compare con Santander, sabe que, haber presentado a nuestra ciudad a Capital Europea de la Cultura, y con ese proyecto, fue tan “real” y “serio” como presentar al Chikilicuatre a Eurovisión.

Necesitamos reflexionar. Las circunstancias electorales resultantes de los comicios municipales en Donostia son irrelevantes, no tienen nada que ver para, de verdad, analizar lo que es nuestra ciudad y lo lejos que está de ser un referente siquiera en el Cantábrico.

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