La democracia enferma en Cantabria – Un comentario

Juan Carlos Arbex (Pte. Asoc. Cult. Procomillas)
| 15.04.2011

[Resentenciasdemolicincuperamos esta tribuna libre de Juan Carlos Arbex (Presidente de la Asociación Cultural Procomillas) publicada hace un año, por su actualidad] 

Recibía el breve y contundente comunicado de ARCA sobre la democracia enferma en Cantabria, durante unos días en los que releía al siciliano Leonardo Sciascia. En su novela 'A ciascuno il suo' (A cada uno lo suyo), publicada en 1966, uno de los personajes, un lúcido anciano, conversaba sobre las semillas del fascismo que anidan en el alma humana diciendo:

“El que llega a encontrarse en un pequeño y quizá confortable nicho del poder, y desde ese nicho resulta que empieza a separar el interés del Estado del de los ciudadanos, a confundir el derecho de sus electores con el de sus adversarios, a dudar de la conveniencia de la Justicia…”

Leyendo estas palabras recordaba situaciones que se viven en pequeños nichos del poder en Cantabria, con concejales tránsfugas que juegan con los votos con la misma soltura que barajan los naipes, con la profunda incomodidad que algunas decisiones judiciales procura a determinados políticos, con los intereses de la Administración (del Estado) enfrentados al interés general de la ciudadanía. Han pasado más de cincuenta años desde que Sciascia describió las profundas raíces del fascismo en la Sicilia de los “gentiluomini” frente al silencio, seco y fatigado, de los pueblos que salpican su tortuosa geografía.

Sería brutalmente injusto comparar a Cantabria con la Sicilia de la posguerra. En la extraordinaria isla mediterránea el fascismo era una herramienta usada para mantener privilegios de casta, la posesión de la tierra, la defensa a ultranza de un sistema social heredero del feudalismo importado por normandos y españoles. Pero resulta estremecedor comprobar que, en la Cantabria de hoy, una parte del poder político y de la ciudadanía se lamenta de que existan jueces y sentencias incómodos, de que se deban aplicar legislaciones consideradas como un estorbo al crecimiento rápido y especulativo, de que se critique a esos audaces tránsfugas, víctimas de ese Estado de Derecho tan incómodo, tan inconveniente, tan ciego y poco comprensivo.

En estos días, las formas son otras. Pero los fondos que alimentan esas formas no dejan lugar a excesivas dudas y se detecta una profunda nostalgia. Una dolencia melancólica por el final de la alegría de grúas elevándose sobre los campanarios de los pueblos, de mileuristas de empleo precario comprando a plazos coches tuneados y pantallas de plasma gigante. El sueño se ha roto, porque todos los sueños terminan por despertar a la realidad, y los incautos ciudadanos han quedado a los pies de los caballos. Algunos llaman a esos caballos Banca, Hipoteca, Desempleo, Desindustrialización,… Demolición.

No existen políticos de mala fe en Cantabria. En todo caso, pueden florecer algunos delincuentes que se dedican a la política de forma transitoria y porque no sirven para otra cosa. El resto, en su inmensa mayoría, son honestos políticos “de legislatura” que persiguen el bienestar inmediato de sus conciudadanos. Aunque sea un bienestar de corto alcance, tan liviano y vacío como un espejismo. Aunque tengan que recurrir a nuevas leyes para legalizar lo ilegalizable e intentar reparar sus dramáticos errores. Los verdaderos políticos, los que velan por el porvenir de los hijos y nietos de sus votantes, no abundan y suelen resultar tan incómodos como esos jueces que aplican la Ley. De verdad ¿existen?

Los personajes de Leonardo Sciascia, Don Benito y el profesor Laurana, siguen conversando:
- ¿Usted, es fascista?
- Claro que no. Todo lo contrario.
- No se ofenda: todos lo somos un poco.
- ¿De veras?