La ilegítima estafa del PP

José María Gruber
| 20.04.2012

estafaEn la Naturaleza y en la vida hay contradicciones insalvables y que, en muchos casos, resultan positivas, pues producen movimiento, evolución y progreso.

Pero, en el ámbito social, en la política y en la economía, las contradicciones son evitables, son fruto de decisiones humanas, que no se rigen por leyes inmutables, sino que responden a errores o, en la mayoría de los casos, a intereses contrapuestos, pero que de ellas, de esas decisiones, tienen que hacerse responsables quienes las adoptan.

 

Desde las elecciones generales de 20-N, asistimos a una de esas contradicciones, clara contradicción, en este caso, y que se trata de una “estafa legitimada”: el Partido Popular está gobernando con mayoría absoluta, tanto en el Congreso, como en el Senado, por haber obtenido un 31,5% de los votos en dichas elecciones, unos pocos más que el número de electores que se han abstenido o han votado en blanco, el 30,97%. Ello es posible y legal, no sólo por la Ley Electoral, sino por el propio sistema de representación política imperante. Esa mayoría es legal, pero nadie podrá demostrar que es legítima, por mucho que nos lo repitan. Ni es mayoría (no llega a un tercio de los electores) ni ha sido conseguida honestamente.

Legítimo es aquello que es conforme a las leyes, lo que es justo, genuino, cierto, verdadero, fiel, honesto. Y, en política, la legitimidad tiene, además, otras connotaciones.

En política, hay una legitimidad en el que manda o gobierna y otra legitimidad en el que obedece o es gobernado. El que gobierna, tiene legitimidad en origen si llega al gobierno legalmente y tiene, además, legitimidad en el ejercicio si demuestra, con los hechos, que cumple los requisitos que los gobernados creen que debe cumplir quien se postule para gobernar. Y uno de esos requisitos, el principal, es la lealtad, es la coherencia; es decir lo que se piensa y hacer lo que se dice; es cumplir lo prometido. Las promesas electorales deberían legal y jurídicamente obligar a quien las hace en justa correspondencia a los votos que recibe a cambio. Y debería castigarse su incumplimiento.

Estafar es obtener algo de otro, mediante artificios o engaños. Traición es cuando se quebranta la fidelidad prometida a las personas o a las propias ideas. Las estafas nunca serán legítimas, por sí mismas, aunque puedan ser legitimadas. Las traiciones no pueden ser ni legítimas ni legitimadas.

El PSOE de Zapatero y Rubalcaba, supuestamente, traicionó sus ideas y a muchos de sus votantes. Y ha pagado caro por ello. Le va a costar que lo olvidemos para recuperarse.

Pero quien gobierna ahora es el Partido Popular.

El PP de Rajoy trató de engañarnos a todos y lo logró con muchos, nada menos que con diez millones ochocientos treinta mil votantes. A muchos les robó el voto y supongo que ya estarán arrepentidos de habérselo dado. Y lo hizo prometiendo cambio y asegurando que algunas cosas nunca iba a hacer. No dijo en qué iba a consistir ese cambio. Se aprovechó de la angustiosa necesidad que tenía mucha gente de salir de la mala situación por la que estaba pasando. Se valió de artificios y engtaños para obtener el voto. En cuatro meses de gobierno, lo único que ha cambiado es la velocidad con que se nos arrebatan derechos. Y pronto se ha olvidado Rajoy de que había asegurado que nunca haría algunas cosas. Lo mismo hicieron anteriores gobiernos, es cierto, pero este PP va más deprisa. Recordamos los 800.000 de Felipe González. En cuatro meses hemos perdido más posiciones en nuestro bienestar que las perdidas en muchos años atrás.

Lo de Rajoy es, por tanto, una auténtica estafa. Una estafa legal, ¡he ahí la contradicción! Una estafa legitimada por todos aquellos que estarían dispuestos a hacer lo mismo, si tuvieran ocasión, que son muchos. Pero, de ninguna manera, es una estafa legítima. No puede serlo. Y tenemos que empezar a repetirlo y gritarlo a los cuatro vientos.

El reto está en ser capaces de dar la vuelta a esta situación sin esperar a que pasen cuatro años.

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