La Caixa estafa

Jesús A. Soto
| 14.04.2013

lacaixaEscribo estas líneas ante la necesidad de purgar mi culpa tras la estafa que sufrí por parte de La Caixa. Estafa entendida como cosa que aplica el ladrón (cualquier banco) al rufián (yo mismo) y que supuso mi complicidad necesaria. Cuento corto.

Todo empieza con una llamada del banco, en la que un agente, comercial profesional trilero, ofrece "hacer algo con tu dinero". Entonces te asesora sobre diferentes tipos de inversión, con sus intereses y sin riesgo alguno. Ahí es cuando te crees el cuento de pertenecer al 10% de la humanidad con capacidad de ahorro, cuando en verdad eres un explotado que vende su tiempo de vida al trabajo asalariado y percibe a cambio una paga mensual en forma de divisa de mercado común europeo. Un individuo gusano sobreviviendo en una microeconomía, bajo el yugo inmisericorde de la macroeconomía. Total, que contraté algo llamado Deuda Subordinada, con interés aproximado del 3,5% más Euribor y cobro de cupones trimestrales. ¡Si sólo me hubiera documentado externamente (porque entender sus contratos no es posible) antes de firmar...!

Al cabo de un año, alertado por las noticias sobre fraudes al ahorro y corralitos financieros, escribo al agente de  La Caixa en cuestión (de iniciales G.R.H. y oficina en Camilo Alonso Vega, Sanander), preguntándole cómo va lo mío. Me contesta que en enero de 2012, de golpe y porrazo, sin previo aviso, el Banco de España obligó a las entidades a introducir la Deuda Subordinada en el Mercado secundario SEND de renta fija sujeto a cotización. Me dice que siente no haberme avisado antes (tuvo mucho trabajo informando a los de las Participaciones Preferentes) y que, lógicamente, de haber sabido lo que pasaría no me hubiera instado a contratar esa Deuda. En aquél momento podía tratar de venderla y perder el 20% del dinero.

A partir de entonces comienza mi vía crucis particular, con mal humor, más tensión de la normal, jaquecas, nerviosismo e insomnio. Busqué algún resquicio legal, pero con todo lo que firmé poco menos que otorgaba mi dinero a La Caixa y pasaba a depender de su buena voluntad. Acompañé en algunas acciones, caceroladas, al 15M e ingresé en ADICAE (Asociación de Usuarios de Bancos, Cajas y Seguros), donde tuve la oportunidad de colaborar en concentraciones y manifestaciones con personas, la mayoría entradas en edad, engañadas por agentes a los que casi consideraban amigos y sin opción de recuperar nada de dinero, afectadas por los diversos chanchullos que van salpicando el devenir histórico de este penoso país (Forum Filatélico, Afinsa, Arte y Naturaleza, diversos productos tóxicos bancarios y cláusulas abusivas...). En un momento ADICAE llegó a un acuerdo con La Caixa, que esquivaba así la amenaza de la larga y costosa demanda colectiva, según el cual se nos reconocía como afectados y se nos ofrecía la solución consistente en un ¡préstamo pignorado! (nueva argucia para seguirnos teniendo como clientes y robándonos: comisiones, fiscalidad...). La Caixa hace valer su poderosa condición, su ágil capacidad legal y negociadora y su gallardía a la hora de escurrir bulto, marear perdiz y reírse de todos.

Escribí a la Comisión Nacional del Mercado de Valores, al Defensor del Cliente de las Cajas de Ahorro Catalanas, a Atención al Cliente de La Caixa... todos ellos expertos en la circunlocución y el despiste, en lavarse las manos y dejar correr el tiempo. Participé en foros por internet y escribí varios mails, pesados o más amables, a mi agente, en el ánimo de depurar responsabilidades. En unos le considero cómplice encubridor, conocedor de las políticas de su banco y comisionista de sus beneficios. Otras veces le trato de honrado trabajador, que también ve peligrar su puesto, y afectado, porque dice que vendió Deuda incluso a familiares.

Un día, muy harto, cogí la cacerola y me planté ante una oficina cualquiera de La Caixa para organizar una pequeña protesta individual e informativa. Al momento salió el director de la oficina a preguntarme que qué pasaba. Le expliqué mi situación y amenazó con llamar a la policía. No habían pasado ni cinco minutos cuando aparecieron un montón de agentes nacionales en coches y motos a identificarme, cachearme y amenazarme con, a la próxima, denunciarme por escándalo público y llevarme a comisaría. Tras las pertinentes diligencias y tener que aguantar la moralina policiaca (dijeron que en mi situación harían cosas mucho peores), hablé con el director en la calle. El hombre afirmó que trataría de negociar con sus superiores unas mejores condiciones para el préstamo (pignorado) que La Caixa iba a concederme sobre mi dinero. Todo palabrería hueca y falsa actitud. Esa misma tarde me telefoneó el director de la oficina de Camilo Alonso Vega para advertirme de que "por las buenas se consiguen las cosas mejor que por las malas".

Las conclusiones de mi acción directa no violenta fueron claras. La banca de la especulación y los excesos teme al público y su espontaneidad para escandalizar, porque los medios masivos nunca la señalan como responsable de nada malo. La policía en ningún caso existe para proteger y servir a la población en general sino para preservar los intereses (buena imagen, beneficios...) de ricos y poderosos. Y no existe ningún tipo de libertad política en la vía pública. Vivimos en un estado censor, represivo, cínico y plutocrático.

Al final, gracias al cielo o, mejor dicho, a la ley de la oferta y la demanda, la cotización SEND subió hasta el 95%, momento que aproveché para emitir una orden de venta que afortunadamente se ejecutó. Los capitales transnacionales especulativos, los activos tóxicos y los fondos buitres necesitan de incautos idiotas como yo (demasiado elevada y malsana aspiración a vivir de las rentas, aunque el trabajo digno y socialmente necesario no abunde) para seguir engordando sobre las necesidades primarias del pueblo. Había perdido dinero pero podía irme escarmentado de La Caixa, alejándome en lo posible de siniestras estructuras financieras. Así es como se ganaron un enemigo cargado de alegre odio.

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