El dinero no da la felicidad, pero ayuda..., ¡a complicarlo todo!

Jose María Gruber
| 14.08.2011

Al principio era la vida

Al principio, muy al principio, y desde hace “apenas” 800.000 años (!!!), la gente vivía de la recolección de los frutos de la Naturaleza, se abastecía libremente y apenas tenía que intercambiar, haciéndolo, en todo caso, mediante el trueque, producto por producto, sin problemas para encontrar equivalencias de valor, pues costaba parecido recolectar un coco que una pera.

La capacidad de observación, la energía y la habilidad manual propias del ser humano, unidos a la necesidad de protección y seguridad vital ante la propia Naturaleza, desarrollaron su capacidad de transformar, mediante el trabajo, los recursos naturales, logrando obtener, no sólo medios nuevos de subsistencia, sino también en mayor cantidad.

Pasó de depender absolutamente de la Naturaleza a empezar a dominarla, manipulando, en provecho propio, sus leyes de funcionamiento.

De una época en que sólo se producía (recolectaba) lo necesario para subsistir, se pasó “pronto” (¡¡¡sólo 700.000 años más tarde!!!) a producir más de lo necesario, y a repartirse el trabajo en distintas funciones o especialidades entre los distintos miembros de la comunidad. Nació el excedente y la división del trabajo.

De una época en que el valor de las cosas dependía exclusivamente de que fueran útiles o no para la satisfacción de las necesidades, se pasó a otra en que lo importante era poder cambiar unas cosas por otras y, para que esto fuera posible, las cosas empezaron a valer lo que había costado producirlas (trabajo).

Acaparar para vivir sin poder dormir

Llegados a esta nueva época, cuando las comunidades fueron capaces de producir más de lo que necesitaban, surgieron las interrogantes y las preocupaciones nuevas de cómo almacenar, cómo conservar, cómo defender el excedente acumulado y cómo cambiarlo por otros bienes, cómo transportarlo. Así apareció, “inmediatamente” (¡¡apenas 70.000 años después!!) y simultáneamente, las funciones del soldado y del comerciante en la comunidad, quienes estaban liberados del trabajo de producir y tenían la misión de proteger e intercambiar los bienes sobrantes con otras comunidades.

La diferencia de valor en trabajo de los diversos bienes, hizo enseguida casi imposible el trueque entre comunidades distintas, lo que dio lugar a un acuerdo entre los distintos comerciantes, por el cual se establecía un bien con valor propio, sea por su utilidad (la sal, por ej.), sea por el trabajo que costaba producirlo (el oro y otros metales), que reuniese las cualidades de acepta-ción general, inalterabilidad y, sobre todo, divisibilidad, que permitiese establecer, en cada caso, una equivalencia exacta entre los distintos valores de los distintos bienes: el dinero, un bien diferente, que no servía para satisfacer ninguna necesidad, pero sí para cambiarlo por aquellos que sí satisfacían las necesidades. Esto se produjo –decíamos- “rápidamente” (¡unos 20.000 años después!).

El dinero, que no es, en sí mismo, ni malo ni bueno, que facilita los intercambios, no necesariamente ayuda a aumentar la producción y la calidad de los productos (el dinero no engendra dinero, decía Tomás de Aquino), pero sí incita a ello. Porque tan pronto como la figura del comerciante adquiere relevancia social, merced a su enriquecimiento, el dinero se convierte en objetivo de toda actividad, sea productiva o de servi-cios. Se trabaja para obtener dinero. El comerciante había pasado de ser vendedor y comprador en nombre de la comunidad (lo comido por lo servido) a ser autónomo, compra y vende a su comunidad y vende y compra a las demás por cuenta propia, juega con los precios, y eso le permite obtener un beneficio, en dinero, que puede atesorar y aumentar, cada vez, su negocio, y prestar a otros, si llega el caso. De esta forma pasa a obtener un beneficio mayor que el que le produciría el sólo cobro por su función de intermediario.

Don Dinero es el rey.

Trabajar más para producir más y mejor y poder vender se convierte en un fin en sí mismo. Ya no se produce únicamente lo necesario para vivir, sino que se produce para poder vender por dinero. Pero, al mismo tiempo, el productor, el trabajador, poco a poco, perdió autonomía, ya no le bastaban sus manos y sus conocimientos para trabajar, empezó a depender del dinero para producir, para comprar herramientas y materia prima, para transportar, para vender, e, incluso, para poner precio al fruto de su trabajo. Empieza a depender del comerciante intermediario y de quien tiene el dinero necesario para montar una empresa. Pronto, al no contar más que con sus manos, sus conocimientos y habilidad, con su fuerza de trabajo, ésta fuerza la tendrá que vender, como una mercancía más, en el mercado como otra cualquiera, aceptando el precio que le ponga quien se la compre, el empleador, el contratador, y siempre en función de que haya muchos o pocos productores dispuestos a vender su trabajo y del interés del empleador en contratarlos. Nace el trabajador asalariado.

Inicialmente, el oro (y demás metales utilizados como dinero) valía el trabajo que cos-taba extraerlo de las minas, fundirlo, acuñarlo y transportarlo, y la unidad de valor en que se subdividía se establecía en función del peso. El dinero era una mercancía más, apenas variaba su valor, se podía almacenar, era fácil de conservar, y la más fácil de intercambiar porque su valor era reconocido por todos, por lo que se convirtió en la mercancía más apetecible, y pronto adquirió su carácter de bien económico, esto es, escaso, pues, aunque no se consumía con su uso, enseguida se convirtió en bien que había que atesorar. Atesorarlo permitía, además de comprar para consumir, y de tener “un seguro por lo que pudiera pasar”, también prestarlo a otros y cobrar por ello un “interés”. El dinero, además de valor en sí mismo, empezó a tener precio, o sea, el valor que cuesta obtenerlo prestado o, dicho de otra manera, la cantidad de más que había que devolver en su momento (intereses). Ya no importaba tanto lo que había costado producir el dinero, cuanto lo que estaba dispuesto a pagar por él quién lo necesitaba. De esta forma, el valor de las cosas empezó a no depender sólo del trabajo que costaba producirlas, sino también de lo que costaba obtener el dinero para hacerlo, en el caso de que no se poseyese lo suficiente. El empresario que quería montar un negocio y no tenía dinero para hacerlo, además de los costes del propio negocio, tenía que contar con que necesitaba obtener los ingresos suficientes para devolver el dinero prestado más los intereses.

De cualquier manera, el valor del dinero, como unidad de cambio equivalente, siempre sería el mismo, el que había costado producirlo, independientemente de que su precio, su valor en el mercado del dinero, fuese otro. Quien poseía una onza de oro podía saber siempre a qué atenerse. Su valor era inmutable. "Es de necios confundir valor y precio", decía Machado.

El rey de oros cambia su corona por otra de oropel (papel)

Con el aumento del trasiego del dinero, el desgaste del metal, la pérdida de peso y, so-bre todo, la dificultad de transportarlo, con seguridad, en grandes cantidades, dieron paso a un nuevo medio de intercambio: El dinero de papel. Ya no se entregaba oro como pago de una compra, sino un justificante de que había oro depositado en un lugar determinado y quién era su propietario, ofreciendo siempre la garantía de que, en cualquier momento, aquél justificante podía ir a cambiarse por la correspondiente cantidad de oro. Ya no hacía falta ir con el oro de acá para allá, para comprar y vender. El papel, que representaba un valor, podía pasarse de mano en mano y tardar mucho hasta que alguien decidiese cambiarlo por el oro que representaba.

Lógicamente, que se aceptase un papel como forma de pago, exigía que quien lo ofrecía tuviese la solvencia económica y social necesaria: debía ofrecer confianza. Y, aunque cualquier persona o entidad particular podía disfrutar de tal solvencia, la prerrogativa de emitir justificantes, billetes de banco, como sustitutivo del dinero metálico, recayó enseguida en el Estado. Así surgió la banca oficial.

En un principio, la cantidad de dinero de papel que se emitía era la necesaria para inter-cambiar las mercancías que circulaban en el mercado. Podía ser menor o igual que la cantidad de oro depositado, pero nunca mayor. Como es lógico, no se podían emitir varios justificantes sobre la misma cantidad de oro, porque había que garantizar poder canjear, en cualquier momento, por oro, todos los billetes emitidos. En esa época, los billetes de banco eran dinero total y obligatoriamente convertibles. Quiere decir que en cualquier momento se podía cambiar la totalidad de los billetes por la cantidad de oro correspondiente.

Sin embargo, fruto de todas las facilidades que este sistema monetario otorgaba para producir y comerciar, y bajo la presión constante del máximo beneficio como objetivo, la necesidad de disponer de más dinero en circulación superó la cantidad total de oro depositado, y dio lugar a la aparición del dinero de papel parcialmente convertible. ¿Qué quiere decir esto?

El dinero de papel se convierte en el Rey del Mundo

Pronto se observó que, la mayoría de la gente no acudía inmediatamente a canjear sus billetes por oro. Se calculó estadísticamente qué porcentaje acudía normalmente a hacerlo y, por lo tanto, qué cantidad máxima de billetes se podía emitir, sin poner en peligro la convertibilidad del dinero y la confianza en el sistema o, dicho de otra manera, qué cantidad mínima de oro había que conservar en depósito para garantizar que, quien viniera con su billete, se pudiera llevar la cantidad de oro correspondiente. La emisión de billetes aumentó hasta lo máximo aconsejable. Y consecuentemente aumentó la posibilidad de atesorar, de prestar, de conceder créditos, aumentó la actividad, aumentó la producción y el comercio y también aumentó el porcentaje que se cobraba de intereses. Quienes tenían dinero atesorado aprovechaban la ocasión y cada vez exigían más intereses. El mercado del dinero fue cogiendo peso, convirtiéndose, en poco tiempo, en el eje central de la economía. Los billetes dejaron de considerarse como justificantes de un depósito de oro, pasando a ser tratados como bienes en sí mismos, como mercancías que se podían comprar y vendar y cuyo precio, como el de todas las mercancías, dependía de lo que te quisieran pagar por ellas. El dinero empezó a convertirse en un valor relativo. Los billetes ya no representaban el valor de lo que había costado producirlos. Pero ahí no paró la cosa. Se empezó a emitir “papel” de todo tipo, justificantes o títulos representativos de valores diversos que servían también para pagar en los intercambios, se pagaba con “letras” de cambio, con pagarés, con acciones, con obligaciones, títulos emitidos por los estados, pero también por particulares… de tal manera que las posibilidades de realizar operaciones de intercambio aumentaron hasta el infinito. En realidad, en el mercado del dinero, las Bolsas, lo que más frecuentemente se compra y vende son papeles que representan deudas, promesas de beneficios futuros, no bienes tangibles contantes y sonantes. El crédito se ha constituido en instrumento fundamental para mover la economía.

Todo este proceso vino impulsado por circunstancias diversas que aconsejaban su desarrollo, especialmente las crisis y las guerras. La necesidad de más dinero para “relanzar la actividad”, que permitiese reparar los daños ocasionados, por ejemplo, por las dos grandes guerras del s.XX, sobre todo por la segunda, urgió una mayor agilidad en la utilización del dinero que, hasta entonces, dependía demasiado del oro. Y el progreso en las comunicaciones facilitaron que un mismo bien, “sin moverlo del almacén”, se vendiera y comprara, varias veces, en un mismo día, produciendo beneficios, supuestamente, a todos los que intervenían en el intercambio.

Poner algo de orden, pero hasta cierto punto.

Como había que poner algo de orden en esta vorágine, en 1944, se estableció un acuerdo internacional (Bretón Woods), por el que los billetes de banco de to-dos los estados se podían cambiar (convertir) por dólares, manteniendo el dólar un valor fijo de equivalencia expresado en oro. La banca oficial norteamericana se convertía en banco emisor mundial y su solvencia descansaba en sus reservas de oro y en el potencial de su economía, poco dañada por la guerra. Los productos yanquis invadían todos los mercados. El comercio entre estados se realizaba en dólares y el mundo se fiaba de que la Reserva Federal de los EEU, en cualquier momento, podía hacer frente a las demandas de oro de cualquier portador de billetes verdes.

Después de un “largo” período de 27 años, EEUU, agobiado por su deuda con otros países, suspendió unilateralmente la convertibilidad del dólar. Ya no garantizaba su canje por oro, ni mantenía su equivalencia fija con una cantidad de este metal. La economía americana había perdido terreno, ya no ingresaba tanto, y se vio obligada a emitir billetes sin valor propio objetivo, ya que no estaban respaldados por una cantidad equivalente de oro.

A partir de ese momento, el valor del dinero depende de la necesidad que haya de él y de la cantidad del mismo que esté circulando en el mercado. O sea, de la oferta y demanda de dinero. Cuando el dinero se guarda, o cuando hay poco, la cantidad que se puede pagar para comprar un producto es menor y el precio del producto sube. Cuando se pone todo “a gastar” o se emiten más billetes, la cantidad que se está dispuesto a pagar por un producto es mayor, el valor del producto baja, los precios suben: se produce inflación. Quienes tienen el poder reconocido o supuestamente atribuido de emitir billetes tienen claramente un gran arma en su mano para influir en el valor del dinero, en el de la producción y en la economía en general.

Moralejas.

A partir de este momento, el trabajador no sólo depende de lo que le quieran pagar por su trabajo, sino, además, de lo que le quieran dar en la tienda por el dinero que ha cobrado como salario.

La Humanidad ha sabido vivir, durante casi 800.000 años, sin dinero. La aparición de éste se calcula que se produjo, como mucho, hace 6.000, los primeros billetes oficiales de papel moneda no hace más de 200, el cambio del patrón-oro por el patrón-dólar 65, y el abandono del dinero a su suerte hace sólo 35 años.

En 1948, un avispado comerciante santanderino compró a peso un vagón de billetes de marcos alemanes de curso legal en aquél momento. El marco valía entonces muy poco, y pensó que la economía alemana se recuperaría y el marco subiese. A los pocos días, el gobierno alemán sustituyó aquél marco por otro, anulando el anterior. Al avispado santanderino le quedó sólo el valor a peso del papel de los billetes, que, por tener tinta, ni siquiera servía entonces para reciclar, por lo que su negocio resultó todo un fiasco.

¿Será tan seguro el dinero actual? La crisis que vivimos demuestra que no.

¿Será tan imprescindible el dinero? La historia de la Humanidad parece atestiguar que tampoco.

¿Podemos hoy vivir sin dinero, sin bancos…?

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