Infraestructuras y la mentira autonómica

Ramón Otí Gandarillas
| 15.11.2011

pieiro_y_gorostiagaTras los planes de Fomento, Cantabria reacciona con los vicios de siempre. Ante la enésima situación de marginalidad para nuestra Comunidad, la respuesta ha sido la utilización partidista, una retahíla de justificaciones victimistas, búsqueda de culpables de lo más variopinto -siempre forasteros-..., y a seguir durmiendo. Todo, con tal de evitar destapar las responsabilidades y la realidad de Cantabria: por mal que nos vaya, que nada se mueva.

La nulidad política de Cantabria sólo tiene dos culpables, y ambos van concatenados.

El primero: la imposición, por la clase política local, de un modelo antiautonómico que niega la reivindicación, la identidad y la cohesión social en Cantabria por considerarlas actitudes 'peligrosas'. Después de tres décadas laminando la personalidad colectiva de un pueblo, no se le puede pedir ahora que se eche a la calle a reivindicar, y menos por una obra faraónica y archimillonaria como el AVE a Madrid. Tanto tiempo educados en el desprecio a lo propio y la autocomplacencia, no se arregla de un día para otro con arengas populistas tardías. Sobre todo cuando en esas tres décadas se han producido decenas de situaciones seguramente más trascendentes que el AVE para el futuro de Cantabria, y ante las que no se ha dicho nada.
Y el segundo: un hecho consecuencia directa del primero: Cantabria carece de elementos con los que presionar en ninguna reivindicación. La clase política ha forjado una tierra que, con un desprecio supino al significado del autogobierno, ha anulado los recursos productivos y la riqueza de Cantabria, expulsando al tejido industrial -causa fundamental de la des cohesión social-, desatentiendo el sector primario y utilizando la excusa falsa del potencial turístico para defender la desindustrialización.

Con esa realidad económica y laboral, el peso fiscal y político de Cantabria es mínimo, y en consecuencia, el interés que pudiera despertar esta tierra, ridículo. Además, para mayor recochineo, hemos de soportar que aquellos que impusieron este modelo sucursalista se inventen conspiraciones vasco-masónicas para tapar su responsabilidad directa en este presente desmantelado.

En Cantabria nos dejamos llevar. Haciendo un símil con una escuela, esperamos el 'aprobado general', pero en España no existe. Ese discurso de que con ser parte de España ya está garantizada la inversión pública y a la más alta escala, es la más dañina de las mentiras; es decirle a la sociedad cántabra que siga dormitando porque tiene garantizado el alpiste.

Para conseguir esa garantía inversora hay trabajar como colectividad -no individualmente-; si se quiere pasar curso, hay que estudiar. Pero no, aquí sólo sabemos regalarle los oídos al 'Profesor España'. Pero este, lo que nos demanda es que crezcamos y maduremos para poder sumar junto con los demás, no que le hagamos la pelota. Ser una comunidad autónoma implica el derecho a disfrutar de los mismos servicios mínimos en todo el territorio del Estado, pero de ahí a decir que se tenga derecho a las mismas inversiones dista un abismo: si no te esfuerzas, repites curso. El Estado realiza inversiones, no da regalos, y menos en tiempos de crisis. Madrid sabe perfectamente del escaso dinamismo de esta Cantabria, y si tiene que invertir cantidades ingentes lo hará priorizando allí donde exista una mayor garantía de rentabilidad política, económica y social. Así funciona esto. Es triste, pero cuando se lleva décadas marginando a Cantabria en infraestructuras, no es por conspiraciones externas, sino porque esa rentabilidad no se intuye.

Hace 35 años se reivindicó la Autonomía para superar esta situación; a día de hoy sólo se ha producido un cambio nominal -Cantabria en lugar de Santander-. De facto, Cantabria sigue siendo gestionada como si fuera una Diputación Provincial, donde la única práctica política tolerada es la inacción. Que nos lo den todo hecho -por pírrico que sea- antes que trabajar juntos por Cantabria y desde Cantabria, debe ser que eso genera 'dinámicas peligrosas'.

La realidad autonómica implica manifestaciones socio-políticas que nos negamos a digerir y a ejercer, y así nos va. Para eludirlo, inventamos superchería -cuanto más españolista, mejor- , empobrecedora y alienante. Hablar de la Cantabria autónoma es 'peligroso'. Mencionar, por ejemplo, la reforma estatutaria, ha sido motivo de mofa política y mediática. ¿Para qué sirve eso? decían muchos. Y tras el enésimo varapalo, siguen ocultando la respuesta.

Se nos impone la idea de que autonomía es sólo descentralización, obviando expresamente aquello que motiva y sustenta a la propia autonomía: la identidad como elemento dinamizador, que se materializa en mayores cotas de bienestar. Tienen un montón de autonomías para comprobarlo, pero algunos han preferido burlarse de ellas por defender sus intereses y trabajar por sí mismas, sin esperar que sea el Estado quien les dé de comer solo por hacerle la pelota.

Treinta y cinco años después, hay que volver a empezar. No bastaba con cambiar el nombre, había que cambiar el concepto; lo más 'herético' del proceso. O lo hacemos ya, o a esperar el siguiente varapalo con resignación. Sarna con gusto no pica, pero que nuestros políticos no nos sigan llamando tontos.