La Vijanera: de la irreverencia al Museo

Javier Lezaola
| 04.01.2014

Las vijaneras son las mascaradas de invierno que las aldeas de los valles cántabros de Iguña, Anievas, Cieza y Toranzo celebraron desde tiempos inmemoriales hasta su erradicación total por las autoridades franquistas. A finales de los setenta, un grupo de jóvenes vinculados al grupo y revista ‘Bígaro’ –con el recordado Ángel Vélez a la cabeza– intentaron recuperar aquellas fiestas populares perdidas hacía décadas. Tuvieron que enfrentarse a no pocas reticencias y otras dificultades, pero lograron parcialmente su propósito: en 1980 organizaron –curiosamente, en verano– una Vijanera en Cotillo de Anievas; en 1981, otra en Arenas de Iguña, y en 1982, otra en el pueblo también iguñés de Silió, que pasó a convertirse en la única localidad que desde entonces la celebra. Cada año, la Asociación de Amigos de la Vijanera se encarga de organizarla allí el primer domingo de enero –el segundo, en el caso de que el primero coincida con la festividad de Año Nuevo.

Mucho se ha escrito sobre el origen del término Vijanera, relacionándolo con el viejo año, con el mes de enero e incluso con el dios Jano –que da nombre al pico que domina Iguña–, sin que exista acuerdo al respecto. En cuanto al origen de la propia fiesta, es probable que esté relacionado con el solsticio de invierno y los ritos ancestrales de la Cantabria prerromana, aunque el tiempo fue modelando su naturaleza, y –sin perder completamente su carácter mítico– las vijaneras se fueron convirtiendo sobre todo en representaciones jocosas, satíricas y burlescas –a menudo perseguidas por la autoridad religiosa– dirigidas a teatralizar lo sucedido en la aldea durante el año viejo, celebrar el año nuevo y, fundamentalmente, recaudar las propinas y otras dádivas de los vecinos, que permitían a los vijaneros –sólo y exclusivamente hombres jóvenes– compartir una cena abundante que solía preceder a una gran juerga.

En los pueblos en los que se celebraban, también solía –y suele– aplicarse el término ‘vijanera’ a cualquier acontecimiento cómico o extravagante protagonizado por alguno de los vecinos, y el término ‘vijanero’, a sus protagonistas, que se exponían por ello a ‘salir en coplas’ ese mismo año. Y es que el recitar de las coplas –siempre satíricas y alusivas precisamente a los acontecimientos más cómicos o extravagantes del año en la aldea– constituía uno de los momentos más esperados por el público de aquellas vijaneras, además de una reñida competición de ingenio y originalidad entre pueblos.
Zarramacos, madamas, galanes, el pasiego y la pasiega, el oso y el amo y el trapajón o trapero –entre otros muchos, que hacían de médicos, jueces, brujas o diputados– eran algunos de los pintorescos personajes que, singularmente ataviados, recorrían las aldeas en una especie de procesión laica salpicada de parodias –cada año diferentes y en buena parte improvisadas–, denuncias, cánticos, gritos, bromas, aplausos, carcajadas y tragos de vino y licores. Ese día –uno de los más esperados del año en aquellas épocas de muchos trabajos y pocos entretenimientos–, ni lo más sagrado estaba libre de ser ridiculizado con irreverencia.

Si dos pueblos colindantes celebraban su Vijanera el mismo día –normalmente, cada localidad la celebraba un domingo diferente, para dilatar la temporada festiva del largo invierno en la zona–, las comitivas de uno y otro se dirigían a ‘la raya’ que delimitaba ambos pueblos, donde los dos grupos de zarramacos, con sus rostros pintados de negro, establecían una especie de lucha consistente en agitar durante más tiempo, con movimiento de vaivén, los pesados campanos –en aquellos tiempos casi todo giraba alrededor del ganado– que colgaban de las pieles que cubrían su pecho y su espalda. Aunque a menudo no todo terminaba en dicha exhibición de resistencia, y ‘guardar la raya’ –nadie podía traspasar los límites de su aldea– se convertía en algo muy serio, acabando aquel ‘guerra o paz’ en una pelea encarnizada entre los mozos.

Atrás quedó aquella multitud de vijaneras, cargadas de sorpresas y espontaneidad y convertidas en una modesta competición anual entre pueblos ganaderos con poco tiempo para el ocio. En la actualidad, sólo se celebra la Vijanera de Silió, cada vez más célebre y multitudinaria. Declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional en 2009, suele contar con una nutrida presencia de medios de comunicación y autoridades autonómicas; Silió dispone ya de su Museo de la Vijanera, y sus mozos han viajado incluso a otros países para representarla con éxito. Aunque se esfuerza por mantener la esencia de aquellas mascaradas ancestrales, hace tiempo que faltan zarramacos al otro lado de la raya. Quién sabe si ya para siempre.

[Fotografía: Público y personajes de una Vijanera celebrada en el pueblo iguñés de Molledo a principios de los años veinte (fotografía cedida por José Luis Fernández Collantes, miembro de ‘Bígaro’ y uno de los recuperadores de la fiesta]

Territorio: