El silbu: historia de la ida y la vuelta de una melodía

Adrián G. Gómez
| 28.05.2014

Dentro del amplio abanico de instrumentos existentes en la música tradicional cántabra, pocos se han salvado de la marginalidad. Sin embargo, hay uno especialmente maltratado por el tiempo: el silbu. Esta flauta de madera y boquilla metálica, consta únicamente de tres agujeros y el orificio por el que pasa el aire soplado, que puede cerrarse parcialmente para crear semitonos. Su melodía era tocada por los tamborileros al mismo tiempo que una pequeña caja de resonancia con la que marcaban el ritmo. La primera acta registrada en los ayuntamientos de Cantabria sobre esta profesión data de 1804. En ella, un músico profesional ofrecía sus servicios. Durante aquella época, su sonido se podía escuchar por varias comarcas cántabras, pero tras la Guerra Civil, el instrumento fue cayendo en el olvido y, sin una renovación generacional de tamborileros, llegó prácticamente a desaparecer.

A día de hoy, el silbu se mantiene vivo gracias en gran medida a la labor de Javier Alonso, que ha investigado en profundidad sobre este elemento de la música tradicional e inició, junto a otras personas, el proceso de recuperación de estos instrumentos. Tras aprender a tocarlo, Alonso conoció casualmente a Javier Gómez, un joven músico que llevaba tiempo interesado en el silbu. Ambos comenzaron a ensayar y a finales de 2012 graban el disco Airis de Rumiría, un recopilatorio de los ritmos y melodías que tradicionalmente tocaban los tamborileros cántabros. Alonso considera importante este documento acústico, pero le da más importancia aún al “libreto informativo que acompaña al cedé y explica la historia del instrumento, su importancia en el folclore y su relación con la identidad cántabra”.

Respecto a la historia del silbu, Alonso explica que durante el siglo XVIII, el tamborilero era una figura con cargo fijo que cobraba del Ayuntamiento y que a principios del XIX, se le comienza a usar como animador de las fiestas populares en las calles. Alonso encontró documentos consistoriales que argumentaban esto explicando que para evitar los problemas y disturbios que se ocasionaban en las tabernas durante las fiestas, la medida tomada por las autoridades había sido sacar las romerías al exterior, donde se podían controlar más fácilmente. El hecho de juntar a las gentes de los pueblos y ciudades en las calles, alrededor de actuaciones musicales con instrumentos autóctonos “fue conformando poco a poco la identidad popular".

La decaída del instrumento comienza en el período conocido en el mundo de la música como conservacionista, que comprende los años entre 1890 y 1930. En esta época aparecen las bandas de música y la figura del tamborilero desaparece en pos de los directores de orquesta, que introducen pasodobles, bailes agarraos y otros tipos de música moderna foráneos. “Tras la Guerra Civil prácticamente todas las personas que tocaban el silbu habían muerto y no hubo un relevo generacional”. La situación económica y social hizo que la música tradicional cántabra no solo se estancase, sino que quedase desterrada a la marginalidad y al olvido.

No obstante, el sonido del silbu no se extinguió totalmente. Gracias a una canción del grupo cántabro Luétiga, en la que incorporaban su melodía, Javier Gómez se comenzó a interesar por este instrumento. Amante del folk y maestro de música tradicional de profesión, este joven aprendió de Alonso las notas básicas y los ritmos de tamboril. “Aprender a tocar ambos instrumentos juntos, que es lo suyo, requiere muchas horas de trabajo”, pero aún así, explica el aprendiz, la gratificación que le aporta tocarlo y ser parte viva de la recuperación del folclore cántabro, lo compensa.

Gómez reconoce que el silbu no tiene “mucho tirón”, a pesar de que se vendieron más de 300 copias del disco y de varias apariciones en prensa. “Es un instrumento tan nuestro como la gaita o la bozaina pero lamentablemente la gente no le presta tanta atención, hay mucho desconocimiento”. No tiene intención de frenar o abandonar el proyecto de recuperación, pero intuye que no se llegará a los niveles de aceptación y popularidad de los instrumentos antes mencionados, pues a pesar de haber trabajado “mucho y bien”, la respuesta no es tan contundente como sería necesario.

El folk, las Gigantillas y el futuro del silbu

El folk, que suele confundirse con la música tradicional, es una “revisión” acústica o electrificada de esa última, utilizando en ella instrumentos de raíces célticas. Este género juega en Cantabria un papel fundamental para la recuperación del folclore. Los festivales folkis están estrechamente relacionados con la identidad y “el respeto por lo propio”, y es en ellos donde la música tradicional tiene mejor aceptación y cabida en esta época. 

Gómez es un experto conocedor de este mundo y cree que “lo tradicional está pegando fuerte últimamente”. No obstante, el folk es muy caprichoso y “se mueve por modas”, ensalzando a veces “más de lo debido” instrumentos concretos, como la gaita o el whistle irlandés; lo cual “hace que se echen para atrás muchos instrumentos autóctonos”. 

Pero no todo está perdido o es “desesperante”. Aparte de la inclusión del silbu en los grupos de folk, este instrumento ha vuelto a las calles de Santander durante una de sus festividades tradicionales más importantes: las Gigantillas. Desde 1789, se realizaba en la capital cántabra, durante el día de Santiago, un pasacalles con muñecos de más de dos metros que eran llevados a modo de disfraz. Este festejo, armonizado por los tamborileros, había dejado de celebrarse hace tiempo. Gracias al esfuerzo de Alonso y Gómez, en 2009 se ha vuelto a escuchar el sonido del silbu acompañando el lento y torpe paso de estos cabezudos.

La meta parece aún distante y el camino no resulta cómodo ni fácil, pero el futuro de este instrumento tradicional está menos negro que antes. La labor de estas personas, músicos en ocasiones, historiadores y antropólogos en otras; ha servido para salvar del olvido un importante elemento de la diversidad cultural de Cantabria.

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