La calles de Santander conmemoran el Franquismo pese a la ley de memoria y la toponimia tradicional

Patricia Manrique en Diagonal Cantabria
| 30.04.2011

falangeespMientras se han cambiado sin problema nombres populares de calles como la “Bajada de la Gándara” que desde 1995 es la “Calle de la Universidad”, el Ayuntamiento de Santander no sustituye el callejero franquista.

 

“Es una auténtica vergüenza. Lo que ha pasado aquí no ha pasado en el mundo entero”, afirma indignado Jesús de Cos, antiguo guerrillero antifranquista y hoy miembro de la asociación Archivo, Guerra y Exilio. Se refiere a que Santander siga exhibiendo al menos una treintena de calles y monumentos alusivos al golpe de Estado, sus héroes y la Dictadura, pese a que el artículo 15 de la Ley de Memoria Histórica exija la retirada de espacios y edificios públicos de “escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura”. “Cuando veo los nombres de asesinos en las calles, me quedo en el chasis”, señala.

Falange Española, División Azul, General Dávila, General Mola, Capitán Palacios, Plaza del Alzamiento, Avenida de Carrero Blanco... son solo algunos ejemplos de calles que violan el texto de la Ley de Memoria. En la página web Cachuco se puso en marcha ya hace tiempo un google map en el que se registran, con las contribuciones de los internautas, las calles y monumentos que se habrían de retirar. Por su parte, el blog Santandersinfascismo.com, ofrece un formulario administrativo para exigir la retirada del callejero franquista.

Pero no sólo no se retiran los nombres de estas calles, sino que se amplían. “Hace cuatro años se dedicó una calle de nuevo cuño en Valdenoja a Antonio Zúñiga, histórico fascista santanderino”, denuncia la Coordinaora antifacista de Cantabria (CAC). La petición fue cursada por dos miembros de la Falange. Para la CAC, el hecho de que el callejero franquista de Santander no se haya modificado en absoluto evidencia que la retirada de la estatua de Franco respondió “solo y exclusivamente a los intereses del negocio especulativo que supuso el aparcamiento subterráneo de debajo de esa misma plaza”.

En 2007, De la Serna planteaba el engorro que supondría para los vecinos el cambio de nombre de las calles, por los trámites en documentos, facturas... Parece ser que, para el Consistorio, esto resulta más sencillo si habitas en una calle llamada “Bajada de la Gándara” que para quien reside en Falange Española.

 

toponimia

TOPONIMIA AUTÓCTONA // ALGUNAS CLAVES ACERCA DEL ORIGEN DE LOS NOMBRES DE NUESTROS BARRIOS

Raúl Molleda

Viejas y a menudo torpes cirugías en la toponimia santanderina

El callejero de Santander aporta información acerca de la cultura autóctona, pese a las modificaciones castellanizantes a las que se somete a los nombres.
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Si la globalización nos parece un fenómeno reciente, al mirar nuestro entorno más inmediato bien nos podemos dar cuenta de que al menos la asimilación cultural en nuestra tierra ya lleva mucho tiempo campando a sus anchas. El material publicado con relación a la lengua popular en Cantabria es poco sistemático e incompleto, y por lo común ignorado. Resultado de este estado de cosas es que los nombres de lugar se falsean y desnaturalizan para tratar de acomodarlos a una extravagante idea de castellano, y la propia gente de aquí acaba por no notar tal falseamiento, dándolo por válido y rechazando las formas populares tradicionales. Ocurre también que esta ignorancia –nada casual– sobre los usos lingüísticos del país nos lleva comúnmente a perder la perspectiva cultural que la toponimia nos ofrece, no reconociendo nuestro patrimonio en ella. Sirvan estos ejemplos del paisaje santanderino para ilustrar lo anterior.
 
 
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Hoy mucha gente accede a la capital a través de una marisma que aparece bajo el nombre de Alday. Éste no es el nombre del lugar, sino el de una empresa vasca que hace años compró allí terrenos. La zona se llama Raus, nombre que lleva el puerto en versión maquillada. Un “rao” no es nada en castellano, pero un rau como diminutivo de rada, lugar abrigado donde fondear embarcaciones, sí que existe como topónimo en Cantabria. Otro lugar de acceso es la zona de Las Llamas. Contrariamente a lo que mucha gente piensa, ese nombre no alude a ningún fuego, sino al terreno cenagoso. Es un topónimo que también existe en Torlavega y Penagus, por ejemplo. Cuetu. Algunos lo llama Valdenoja.
 
 
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La Albericia hemos de concebirlo como una forma local de albariza, otra denominación en cántabro de ciertos terrenos húmedos. Alisal es una característica forma nuestra de llamar a lo que sería una “aliseda” en Castilla. El “Caleruco” es la versión maquillada de El Calerucu, un pequeño horno de cal. Recordemos que en castellano apenas se usa el sufijo -uco, y a diferencia del cántabro, tiene un matiz despectivo. La Gándara hace referencia a la roca que aflora en el terreno, topónimo repetido hasta la saciedad en nuestra tierra, y no a Al-Qántara (“El puente”, en árabe) explicación que corría por las clases de la Universidad de Cantabria. “Pronillo” parece ser el resultado de cambiar maniáticamente las úes por óes, pues se hace raro saber qué podría llegar a ser un “pronillo” en castellano, mientras que un prunillu es un pequeño ciruelo en cántabro, y esto como excepción a lo siguiente: en las zonas medias y bajas de la Cantabria central, lo más frecuente es que los topónimos que en tiempos pretéritos acabaron en -illu/-illa, lo hagan desde antiguo ya en -íu, -ía. Cuando oímos y leemos cosas como “Cañadío, Piquío, Rostrío” estamos ante la adaptación apresurada a un castellano imposible de los cántabros Cañadíu, Piquíu, Rostríu, y que en Castilla se habrían llamado con propiedad “Cañadillo, Piquillo, Rostrillo”. En el caso de “Cueto” y “Adarzo” los civilizadores de turno se han aplicado a la tarea de sustituir úes por óes, y además es palabra corriente cuetu, extraña a zonas seculares de habla castellana. En esta localidad existe el oficial “Pozo Jondo”, y esa aspiración nos revela que es Pozu Jondu el original, y el nombre oficial otra castellanización apresurada (en Cantabria lo que lleva esa aspiración es el cántabro, no el castellano). Por último, al islote de Mogru algún escribiente lo galleguizó con el nombre de “Mouro”, y así se ha oficializado.
 
 
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De esta suerte, podemos ver cómo perdemos nuestros nombres a favor de otros que pueden sonar castellanos, castellano-marcianos o incluso vascos, como Alday, o gallegos, como Mouro. Parece que lo correcto es cualquier cosa menos que los nombres se atrevan a sonar a cántabros. Interroguémonos acerca del porqué de esa supuesta corrección.

 

Extraido de: Diagonal Cantabria nº 24.